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Hora y Calendario




Cien años de Soledad - Gabriel Garcia Marquez

II
Cuando el pirata Francis Drake asaltó a Riohacha, en el siglo XVI, la bisabuela de Úrsula
Iguarán se asustó tanto con el toque de rebato y el estampido de los cañones, que perdió el
control de los nervios y se sentó en un fogón encendido. Las quemaduras la dejaron convertida
en una esposa inútil para toda la vida. No podía sentarse sino de medio lado, acomodada en
cojines, y algo extraño debió quedarle en el modo de andar, porque nunca volvió a caminar en
público. Renunció a toda clase de hábitos sociales obsesionada por la idea de que su cuerpo
despedía un olor a chamusquina. El alba la sorprendía en el patio sin atreverse a dormir, porque
soñaba que los ingleses con sus feroces perros de asalto se metían por la ventana del dormitorio
y la sometían a vergonzosos tormentos con hierros al rojo vivo. Su marido, un comerciante
aragonés con quien tenía dos hijos, se gastó media tienda en medicinas y entretenimientos
buscando la manera de aliviar sus terrores. Por último liquidó el negocio y llevó la familia a vivir
lejos del mar, en una ranchería de indios pacíficos situada en las estribaciones de la sierra, donde
le construyó a su mujer un dormitorio sin ventanas para que no tuvieran por donde entrar los
piratas de sus pesadillas.
En la escondida ranchería vivía de mucho tiempo atrás un criollo cultivador de tabaco, don
José Arcadio Buendía, con quien el bisabuelo de Úrsula estableció una sociedad tan productiva
que en pocos años hicieron una fortuna. Varios siglos más tarde, el tataranieto del criollo se casó
con la tataranieta del aragonés. Por eso, cada vez que Úrsula se salía de casillas con las locuras
de su marido, saltaba por encima de trescientos años de casualidades, y maldecía la hora en que
Francis Drake asaltó a Riohacha, Era un simple recurso de desahogo, porque en verdad estaban
ligados hasta la muerte por un vínculo más sólido que el amor: un común remordimiento de
conciencia. Eran primos entre sí. Habían crecido juntos en la antigua ranchería que los
antepasados de ambos transformaron con su trabajo y sus buenas costumbres en uno de los
mejores pueblos de la provincia. Aunque su matrimonio era previsible desde que vinieron al
mundo, cuando ellos expresaron la voluntad de casarse sus propios parientes trataron de
impedirlo. Tenían el temor de que aquellos saludables cabos de dos razas secularmente
entrecruzadas pasaran por la vergüenza de engendrar iguanas. Ya existía un precedente
tremendo. Una tía de Úrsula, casada con un tío de José Arcadio Buendía tuvo un hijo que pasó
toda la vida con unos pantalones englobados y flojos, y que murió desangrado después de haber
vivido cuarenta y dos años en el más puro estado de virginidad porque nació y creció con una
cola cartilaginosa en forma de tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta. Una cola de
cerdo que no se dejó ver nunca de ninguna mujer, y que le costo la vida cuando un carnicero
amigo le hizo el favor de cortársela con una hachuela de destazar. José Arcadio Buendía, con la
ligereza de sus diecinueve años, resolvió el problema con una sola frase: «No me importa tener
cochinitos, siempre que puedan hablar.» Así que se casaron con una fiesta de banda y cohetes
que duró tres días. Hubieran sido felices desde entonces si la madre de Úrsula no la hubiera
aterrorizado con toda clase de pronósticos siniestros sobre su descendencia, hasta el extremo de
conseguir que rehusara consumar el matrimonio. Temiendo que el corpulento y voluntarioso
marido la violara dormida, Úrsula se ponía antes de acostarse un pantalón rudimentario que su
madre le fabricó con lona de velero y reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que se
cerraba por delante con una gruesa hebilla de hierro. Así estuvieron varios meses. Durante el día,
él pastoreaba sus gallos de pelea y ella bordaba en bastidor con su madre. Durante la noche,
forcejeaban varias horas con una ansiosa violencia que ya parecía un sustituto del acto de amor,
hasta que la intuición popular olfateó que algo irregular estaba ocurriendo, y soltó el rumor de
que Úrsula seguía virgen un año después de casada, porque su marido era impotente. José
Arcadio Buendía fue el último que conoció el rumor.
-Ya ves, Úrsula, lo que anda diciendo la gente -le dijo a su mujer con mucha calma.
-Déjalos que hablen -dijo ella-. Nosotros sabemos que no es cierto.
De modo que la situación siguió igual por otros seis meses, hasta el domingo trágico en que
José Arcadio Buendía le gano una pelea de gallos a Prudencio Aguilar. Furioso, exaltado por la
sangre de su animal, el perdedor se apartó de José Arcadio Buendía para que toda la gallera
pudiera oír lo que iba a decirle.
-Te felicito -gritó-. A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer.
José Arcadio Buendía, sereno, recogió su gallo. «Vuelvo en seguida», dijo a todos. Y luego, a
Prudencio Aguilar:
-Y tú, anda a tu casa y ármate, porque te voy a matar.
Diez minutos después volvió con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la gallera,
donde se había concentrado medio pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de
defenderse. La lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un toro y con la misma
dirección certera con que el primer Aureliano Buendía exterminó a los tigres de la región, le
atravesó la garganta. Esa noche, mientras se velaba el cadáver en la gallera, José Arcadio
Buendía entró en el dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad.
Blandiendo la lanza frente a ella, le ordenó: «Quítate eso.» Úrsula no puso en duda la decisión de
su marido. «Tú serás responsable de lo que pase», murmuró. José Arcadio Buendía clavó la lanza
en el piso de tierra.
-Si has de parir iguanas, criaremos iguanas -dijo-. Pero no habrá más muertos en este pueblo
por culpa tuya.
Era una buena noche de junio, fresca y con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la
cama hasta el amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el dormitorio, cargado con el
llanto de los parientes de Prudencio Aguilar.
El asunto fue clasificado como un duelo de honor, pero a ambos les quedó un malestar en la
conciencia. Una noche en que no podía dormir, Úrsula salió a tomar agua en el patio y vio a
Prudencio Aguilar junto a la tinaja. Estaba lívido, con una expresión muy triste, tratando de cegar
con un tapón de esparto el hueco de su garganta. No le produjo miedo, sino lástima. Volvió al
cuarto a contarle a su esposo lo que había visto, pero él no le hizo caso. «Los muertos no salen -
dijo-. Lo que pasa es que no podemos con el peso de la conciencia.» Dos noches después, Úrsula
volvió a ver a Prudencio Aguilar en el baño, lavándose con el tapón de esparto la sangre cris-
talizada del cuello. Otra noche lo vio paseándose bajo la lluvia. José Arcadio Buendía, fastidiado
por las alucinaciones de su mujer, salió al patio armado con la lanza. Allí estaba el muerto con su
expresión triste.
-Vete al carajo -le gritó José Arcadio Buendía-. Cuantas veces regreses volveré a matarte.
Prudencio Aguilar no se fue, ni José Arcadio Buendía se atrevió arrojar la lanza. Desde
entonces no pudo dormir bien.
Lo atormentaba la inmensa desolación con que el muerto lo había mirado desde la lluvia, la
honda nostalgia con que añoraba a los vivos, la ansiedad con que registraba la casa buscando
agua para mojar su tapón de esparto. «Debe estar sufriendo mucho -le decía a Úrsula-. Se ve
que está muy solo.» Ella estaba tan conmovida que la próxima vez que vio al muerto destapando
las ollas de la hornilla comprendió lo que buscaba, y desde entonces le puso tazones de agua por
toda la casa. Una noche en que lo encontró lavándose las heridas en su propio cuarto, José
Arcadio Buendía no pudo resistir más.
-Está bien, Prudencio -le dijo-. Nos iremos de este pueblo, lo más lejos que podamos, y no
regresaremos jamás. Ahora vete tranquilo.
Fue así como emprendieron la travesía de la sierra. Varios amigos de José Arcadio Buendía,
jóvenes como él, embullados con la aventura, desmantelaron sus casas y cargaron con sus
mujeres y sus hijos hacia la tierra que nadie les había prometido. Antes de partir, José Arcadio
Buendía enterró la lanza en el patio y degolló uno tras otro sus magníficos gallos de pelea,
confiando en que en esa forma le daba un poco de paz a Prudencio Aguilar. Lo único que se llevó
Úrsula fue un baúl con sus ropas de recién casada, unos pocos útiles domésticos y el cofrecito con
las piezas de oro que heredé de su padre. No se trazaron un itinerario definido. Solamente
procuraban viajar en sentido contrario al camino de Riohacha para no dejar ningún rastro ni
encontrar gente conocida. Fue un viaje absurdo. A los catorce meses, con el estómago estragado
por la carne de mico y el caldo de culebras, Úrsula dio a luz un hijo con todas sus partes
humanas. Había hecho la mitad del camino en una hamaca colgada de un palo que dos hombres
llevaban en hombros, porque la hinchazón le desfiguró las piernas, y las varices se le reventaban
como burbujas. Aunque daba lástima verlos con los vientres templados y los ojos lánguidos, los niños resistieron el viaje mejor que sus padres, y la mayor parte del tiempo les resultó divertido.
Una mañana, después de casi dos años de travesía, fueron los primeros mortales que vieron la
vertiente occidental de la sierra. Desde la cumbre nublada contemplaron la inmensa llanura
acuática de la ciénaga grande, explayada hasta el otro lado del mundo. Pero nunca encontraron
el mar. Una noche, después de varios meses de andar perdidos por entre los pantanos, lejos ya
de los últimos indígenas que encontraron en el camino, acamparon a la orilla de un río pedregoso
cuyas aguas parecían un torrente de vidrio helado. Años después, durante la segunda guerra
civil, el coronel Aureliano Buendía trató de hacer aquella misma ruta para tomarse a Riohacha por
sorpresa, y a los seis días de viaje comprendió que era una locura. Sin embargo, la noche en que
acamparon junto al río, las huestes de su padre tenían un aspecto de náufragos sin escapatoria,
pero su número había aumentado durante la travesía y todos estaban dispuestos (y lo
consiguieron) a morirse de viejos. José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se
levantaba una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué ciudad era aquella, y
le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que
tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo. Al día siguiente convenció a sus
hombres de que nunca encontrarían el mar. Les ordenó derribar los árboles para hacer un claro
junto al río, en el lugar más fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea.
José Arcadio Buendia no logró descifrar el sueño de las casas con paredes de espejos hasta el
día en que conoció el hielo. Entonces creyó entender su profundo significado. Pensó que en un
futuro próximo podrían fabricarse bloques de hielo en gran escala, a partir de un material tan
cotidiano como el agua, y construir con ellos las nuevas casas de la aldea. Macondo dejaría de ser
un lugar ardiente, cuyas bisagras y aldabas se torcían de calor, para convertirse en una ciudad
invernal. Si no perseveró en sus tentativas de construir una fábrica de hielo, fue porque entonces
estaba positivamente entusiasmado con la educación de sus hijos, en especial la de Aureliano,
que había revelado desde el primer momento una rara intuición alquímica. El laboratorio había
sido desempolvado. Revisando las notas de Melquíades, ahora serenamente, sin la exaltación de
la novedad, en prolongadas y pacientes sesiones trataron de separar el oro de Úrsula del cascote
adherido al fondo del caldero. El joven José Arcadio participó apenas en el proceso. Mientras su
padre sólo tenía cuerpo y alma para el atanor, el voluntarioso primogénito, que siempre fue
demasiado grande para su edad, se convirtió en un adolescente monumental. Cambió de voz. El
bozo se le pobló de un vello incipiente. Una noche Úrsula entró en el cuarto cuando él se quitaba
la ropa para dormir, y experimentó un confuso sentimiento de vergüenza y piedad: era el primer
hombre que veía desnudo, después de su esposo, y estaba tan bien equipado para la vida, que le
pareció anormal. Úrsula, encinta por tercera vez, vivió de nuevo sus terrores de recién casada.
Por aquel tiempo iba a la casa una mujer alegre, deslenguada, provocativa, que ayudaba en
los oficios domésticos y sabía leer el porvenir en la baraja. Úrsula le habló de su hijo. Pensaba
que su desproporción era algo tan desnaturalizado como la cola de cerdo del primo. La mujer
soltó una risa expansiva que repercutió en toda la casa como un reguero de vidrio. «Al contrario -
dijo-. Será feliz». Para confirmar su pronóstico llevó los naipes a la casa pocos días después, y se
encerró con José Arcadio en un depósito de granos contiguo a la cocina. Colocó las barajas con
mucha calma en un viejo mesón de carpintería, hablando de cualquier cosa, mientras el
muchacho esperaba cerca de ella más aburrido que intrigado. De pronto extendió la mano y lo
tocó. «Qué bárbaro», dijo, sinceramente asustada, y fue todo lo que pudo decir. José Arcadio
sintió que los huesos se le llenaban de espuma, que tenía un miedo lánguido y unos terribles
deseos de llorar. La mujer no le hizo ninguna insinuación. Pero José Arcadio la siguió buscando
toda la noche en el olor de humo que ella tenía en las axilas y que se le quedó metido debajo del
pellejo. Quería estar con ella en todo momento, quería que ella fuera su madre, que nunca
salieran del granero y que le dijera qué bárbaro, y que lo volviera a tocar y a decirle qué bárbaro.
Un día no pudo soportar más y fue a buscarla a su casa. Hizo una visita formal, incomprensible,
sentado en la sala sin pronunciar una palabra. En ese momento no la deseó. La encontraba
distinta, enteramente ajena a la imagen que inspiraba su olor, como si fuera otra. Tomó el café y
abandonó la casa deprimido. Esa noche, en el espanto de la vigilia, la volvió a desear con una
ansiedad brutal, pero entonces no la quería como era en el granero, sino como había sido aquella
tarde.
Días después, de un modo intempestivo, la mujer lo llamó a su casa, donde estaba sola con su
madre, y lo hizo entrar en el dormitorio con el pretexto de enseñarle un truco de barajas.
Entonces lo tocó con tanta libertad que él sufrió una desilusión después del estremecimiento
inicial, y experimentó más miedo que placer. Ella le pidió que esa noche fuera a buscarla. Él
estuvo de acuerdo, por salir del paso, sabiendo que no seria capaz de ir. Pero esa noche, en la
cama ardiente, comprendió que tenía que ir a buscarla aunque no fuera capaz. Se vistió a tientas,
oyendo en la oscuridad la reposada respiración de su hermano, la tos seca de su padre en el
cuarto vecino, el asma de las gallinas en el patio, el zumbido de los mosquitos, el bombo de su
corazón y el desmesurado bullicio del mundo que no había advertido hasta entonces, y salió a la
calle dormido. Deseaba de todo corazón que la puerta estuviera atrancada, y no simplemente
ajustada, como ella le había prometido. Pero estaba abierta. La empujó con la punta de los dedos
y los goznes soltaron un quejido lúgubre y articulado que tuvo una resonancia helada en sus
entrañas. Desde el instante en que entró, de medio lado y tratando de no hacer ruido, sintió el
olor. Todavía estaba en la salita donde los tres hermanos de la mujer colgaban las hamacas en
posiciones que él ignoraba y que no podía determinar en las tinieblas, así que le faltaba
atravesarla a tientas, empujar la puerta del dormitorio y orientarse allí de tal modo que no fuera
a equivocarse de cama. Lo consiguió. Tropezó con los hicos de las hamacas, que estaban más
bajas de lo que él había supuesto, y un hombre que roncaba hasta entonces se revolvió en el
sueño y dijo con una especie de desilusión: «Era miércoles.» Cuando empujó la puerta del
dormitorio, no pudo impedir que raspara el desnivel del piso. De pronto, en la oscuridad absoluta,
comprendió con una irremediable nostalgia que estaba completamente desorientado. En la
estrecha habitación dormían la madre, otra hija con el marido y dos niños, y la mujer que tal vez
no lo esperaba. Habría podido guiarse por el olor si el olor no hubiera estado en toda la casa, tan
engañoso y al mismo tiempo tan definido como había estado siempre en su pellejo. Permaneció
inmóvil un largo rato, preguntándose asombrado cómo había hecho para llegar a ese abismo de
desamparo, cuando una mano con todos los dedos extendidos, que tanteaba en las tinieblas, le
tropezó la cara. No se sorprendió, porque sin saberlo lo había estado esperando. Entonces se
confió a aquella mano, y en un terrible estado de agotamiento se dejó llevar hasta un lugar sin
formas donde le quitaron la ropa y lo zarandearon como un costal de papas y lo voltearon al
derecho y al revés, en una oscuridad insondable en la que le sobraban los brazos, donde ya no
olía más a mujer, sino a amoníaco, y donde trataba de acordarse del rostro de ella y se
encontraba con el rostro de Úrsula, confusamente consciente de que estaba haciendo algo que
desde hacía mucho tiempo deseaba que se pudiera hacer, pero que nunca se había imaginado
que en realidad se pudiera hacer, sin saber cómo lo estaba haciendo porque no sabía dónde es-
taban los pies v dónde la cabeza, ni los pies de quién ni la cabeza de quién, y sintiendo que no
podía resistir má s el rumor glacial de sus riñones y el aire de sus tripas, y el miedo, y el ansia
atolondrada de huir y al mismo tiempo de quedarse para siempre en aquel silencio exasperado y
aquella soledad espantosa.
Se llamaba Pilar Ternera. Había formado parte del éxodo que culminó con la fundación de
Macondo, arrastrada por su familia para separarla del hombre que la violó a los catorce años y
siguió amándola hasta los veintidós, pero que nunca se decidió a hacer pública la situación
porque era un hombre ajeno. Le prometió seguirla hasta el fin del mundo, pero más tarde,
cuando arreglara sus asuntos, y ella se había cansado de esperarlo identificándolo siempre con
los hombres altos y bajos, rubios y morenos, que las barajas le prometían por los caminos de la
tierra y los caminos del mar, para dentro de tres días, tres meses o tres años. Había perdido en la
espera la fuerza de los muslos, la dureza de los senos, el hábito de la ternura, pero conservaba
intacta la locura del corazón, Trastornado por aquel juguete prodigioso, José Arcadio buscó su
rastro todas las noches a través del laberinto del cuarto. En cierta ocasión encontró la puerta
atrancada, y tocó varias veces, sabiendo que si había tenido el arresto de tocar la primera vez
tenía que tocar hasta la última, y al cabo de una espera interminable ella le abrió la puerta.
Durante el día, derrumbándose de sueño, gozaba en secreto con los recuerdos de la noche
anterior. Pero cuando ella entraba en la casa, alegre, indiferente, dicharachera, él no tenía que
hacer ningún esfuerzo para disimular su tensión, porque aquella mujer cuya risa explosiva
espantaba a las palomas, no tenía nada que ver con el poder invisible que lo enseñaba a respirar
hacia dentro y a controlar los golpes del corazón, y le había permitido entender por qué los
hombres le tienen miedo a la muerte. Estaba tan ensimismado que ni siquiera comprendió la
alegría de todos cuando su padre y su hermano alborotaron la casa con la noticia de que habían
logrado vulnerar el cascote metálico y separar el oro de Úrsula.
En efecto, tras complicadas y perseverantes jornadas, lo habían conseguido. Úrsula estaba
feliz, y hasta dio gracias a Dios por la invención de la alquimia, mientras la gente de la aldea se
apretujaba en el laboratorio, y les servían dulce de guayaba con galletitas para celebrar el
prodigio, y José Arcadio Buendía les dejaba ver el crisol con el oro rescatado, como si acabara de
inventarío. De tanto mostrarlo, terminó frente a su hijo mayor, que en los últimos tiempos
apenas se asomaba por el laboratorio. Puso frente a sus ojos el mazacote seco y amarillento, y le
preguntó: «Qué te parece?» José Arcadio, sinceramente, contestó:
-Mierda de perro.
Su padre le dio con el revés de la mano un violento golpe en la boca que le hizo saltar la
sangre y las lágrimas. Esa noche Pilar Ternera le puso compresas de árnica en la hinchazón,
adivinando el frasco y los algodones en la oscuridad, y le hizo todo lo que quiso sin que él se
molestara, para amarlo sin lastimarlo Lograron tal estado de intimidad que un momento después,
sin darse cuenta, estaban hablando en murmullos.
-Quiero estar solo contigo -decía él-. Un día de estos le cuento todo a todo el mundo y se
acaban los escondrijos.
Ella no trató de apaciguarlo.
-Sería muy bueno -dijo-. Si estamos solos, dejamos la lámpara encendida para vernos bien, y
yo puedo gritar todo lo que quiera sin que nadie tenga que meterse y tú me dices en la oreja
todas las porquerías que se te ocurran.
Esta conversación, el rencor mordiente que sentía contra su padre, y la inminente posibilidad
del amor desaforado, le inspiraron una serena valentía. De un modo espontáneo, sin ninguna
preparación, le contó todo a su hermano.
Al principio el pequeño Aureliano sólo comprendía el riesgo, la inmensa posibilidad de peligro
que implicaban las aventuras de su hermano, pero no lograba concebir la fascinación del objetivo.
Poco a poco se fue contaminando de ansiedad. Se hacía contar las minuciosas peripecias, se
identificaba con el sufrimiento y el gozo del hermano, se sentía asustado y feliz. Lo esperaba
despierto hasta el amanecer, en la cama solitaria que parecía tener una estera de brasas, y
seguían hablando sin sueño hasta la hora de levantarse, de modo que muy pronto padecieron
ambos la misma somnolencia, sintieron el mismo desprecio por la alquimia y la sabiduría de su
padre, y se refugiaron en la soledad. «Estos niños andan como zurumbáticos -decía Úrsula-.
Deben tener lombrices.» Les preparó una repugnante pócima de paico machacado, que ambos
bebieron con imprevisto estoicismo, y se sentaron al mismo tiempo en sus bacinillas once veces
en un solo día, y expulsaron unos parásitos rosados que mostraron a todos con gran júbilo,
porque les permitieron desorientar a Úrsula en cuanto al origen de sus distraimientos y
languideces. Aureliano no sólo podía entonces entender, sino que podía vivir como cosa propia las
experiencias de su hermano, porque en una ocasión en que éste explicaba con muchos
pormenores el mecanismo del amor, lo interrumpió para preguntarle: «¿Qué se siente?» José
Arcadio le dio una respuesta inmediata:
-Es como un temblor de tierra.
Un jueves de enero, a las dos de la madrugada, nació Amaranta. Antes de que nadie entrara
en el cuarto, Úrsula la examinó minuciosamente. Era liviana y acuosa como una lagartija, pero
todas sus partes eran humanas, Aureliano no se dio cuenta de la novedad sino cuando sintió la
casa llena de gente. Protegido por la confusión salió en busca de su hermano, que no estaba en la
cama desde las once, y fue una decisión tan impulsiva que ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse
cómo haría para sacarlo del dormitorio de Pilar Ternera. Estuvo rondando la casa varias horas,
silbando claves privadas, hasta que la proximidad del alba lo obligó a regresar. En el cuarto de su
madre, jugando con la hermanita recién nacida y con una cara que se le caía de inocencia,
encontró a José Arcadio.
Úrsula había cumplido apenas su reposo de cuarenta días, cuando volvieron los gitanos. Eran
los mismos saltimbanquis y malabaristas que llevaron el hielo. A diferencia de la tribu de
Melquíades, habían demostrado en poco tiempo que no eran heraldos del progreso, sino
mercachifles de diversiones. Inclusive cuando llevaron el hielo, no lo anunciaron en función de su
utilidad en la vida de los hombres, sino como una simple curiosidad de circo. Esta vez, entre
muchos otros juegos de artificio, llevaban una estera voladora. Pero no la ofrecieron como un
aporte fundamental al desarrollo del transporte, como un objeto de recreo. La gente, desde
luego, desenterró sus últimos pedacitos de oro para disfrutar de un vuelo fugaz sobre las casas
de la aldea. Amparados por la deliciosa impunidad del desorden colectivo, José Arcadio y Pilar
vivieron horas de desahogo. Fueron dos novios dichosos entre la muchedumbre, y hasta llegaron
a sospechar que el amor podía ser un sentimiento más reposado y profundo que la felicidad de-
saforada pero momentánea de sus noches secretas. Pilar, sin embargo, rompió el encanto.
Estimulada por el entusiasmo con que José Arcadio disfrutaba de su compaña, equivocó la forma
y la ocasión, y de un solo golpe le echó el mundo encima. «Ahora si eres un hombre», le dijo. Y
corno él no entendió lo que ella quería decirle, se lo explicó letra por letra:
-Vas a tener un hijo.
José Arcadio no se atrevió a salir de su casa en varios días. Le bastaba con escuchar la
risotada trepidante de Pilar en la cocina para correr a refugiarse en el laboratorio, donde los ar-
tefactos de alquimia habían revivido con la bendición de Úrsula. José Arcadio Buendía recibió con
alborozo al hijo extraviado y lo inició en la búsqueda de la piedra filosofal, que había por fin
emprendido. Una tarde se entusiasmaron los muchachos con la estera voladora que pasó veloz al
nivel de la ventana del laboratorio llevando al gitano conductor y a varios niños de la aldea que
hacían alegres saludos con la mano, y José Arcadio Buendía ni siquiera la miró. «Déjenlos que
sueñen -dijo-. Nosotros volaremos mejor que ellos con recurso
s
más científicos que ese miserable
sobrecamas.» A pesar de su fingido interés, José Arcadio no entendió nunca los podere
del
huevo
5
filosófico
, que simplemente le parecía un frasco mal hecho. No lograba escapar de su
preocupación. Perdió el apetito y el sueño, sucumbió al mal humor, igual que su padre ante el
fracaso de alguna de sus empresas, y fue tal su trastorno que el propio José Arcadio Buendía lo
relevó de los deberes en el laboratorio creyendo que había tomado la alquimia demasiado a
pecho. Aureliano, por supuesto, comprendió que la aflicción del hermano no tenía origen en la
búsqueda de la piedra filosofal, pero no consiguió arrancarle una confidencia. Rabia perdido su
antigua espontaneidad. De cómplice y comunicativo se hizo hermético y hostil. Ansioso de
soledad, mordido por un virulento rencor contra el mundo, una noche abandonó la cama como de
costumbre, pero no fue a casa de Pilar Ternera, sino a confundirse con el tumulto de la feria.
Después de deambular por entre toda suerte de máquinas de artificio, Sin interesarse por
ninguna, se fijó en algo que no estaba en juego; una gitana muy joven, casi una niña, agobiada
de abalorios, la mujer más bella que José Arcadio había visto en su vida. Estaba entre la multitud
que presenciaba el triste espectáculo del hombre que se convirtió en víbora por desobedecer a
sus padres.
José Arcadio no puso atención. Mientras se desarrollaba el triste interrogatorio del hombre-
víbora, se había abierto paso por entre la multitud hasta la primera fila en que se encontraba la
gitana, y se había detenido detrás de ella. Se apretó contra sus espaldas. La muchacha trató de
separarse, pero José Arcadio se apretó con más fuerza contra sus espaldas. Entonces ella lo
sintió. Se quedó inmóvil contra él, temblando de sorpresa y pavor, sin poder creer en la
evidencia, y por último volvió la cabeza y lo miró con una sonrisa trémula. En ese instante dos
gitanos metieron al hombre-víbora en su jaula y la llevaron al interior de la tienda. El gitano que
dirigía el espectáculo anunció:
-Y ahora, señoras y señores, vamos a mostrar la prueba terrible de la mujer que tendrá que
ser decapitada todas las noches a esta hora durante ciento cincuenta años, como castigo por
haber visto lo que no debía.
José Arcadio y la muchacha no presenciaron la decapitación. Fueron a la carpa de ella, donde
se besaron con una ansiedad desesperada mientras se iban quitando la ropa. La gitana se deshizo
de sus corpiños superpuestos, de sus numerosos pollerines de encaje almidonado, de su inútil
corsé alambrado, de su carga de abalorios, y quedó prácticamente convertida en nada. Era una
ranita lánguida, de senos incipientes y piernas tan delgadas que no le ganaban en diámetro a los
brazos de José Arcadio, pero tenía una decisión y un calor que compensaban su fragilidad. Sin
embargo, José Arcadio no podía responderle porque estaban en una especie de carpa pública, por
donde los gitanos pasaban con sus cosas de circo y arreglaban sus asuntos, y hasta se
demoraban junto a la cama a echar una partida de dados. La lámpara colgada en la vara central
iluminaba todo el ámbito. En una pausa de las caricias, José Arcadio se estiró desnudo en la
cama, sin saber qué hacer, mientras la muchacha trataba de alentarlo. Una gitana de carnes
espléndidas entró poco después acompañada de un hombre que no hacia parte de la farándula,
pero que tampoco era de la aldea, y ambos empezaron a desvestirse frente a la cama. Sin
proponérselo, la mujer miró a José Arcadio y examinó con una especie de fervor patético su
magnifico animal en reposo.
-Muchacho -exclamó-, que Dios te la conserve.
La compañera de José Arcadio les pidió que los dejaran tranquilos, y la pareja se acostó en el
suelo, muy cerca de la cama.
La pasión de los otros despertó la fiebre de José Arcadio. Al primer contacto, los huesos de la
muchacha parecieron desarticularse con un crujido desordenado como el de un fichero de
dominó, y su piel se deshizo en un sudor pálido y sus ojos se llenaron de lágrimas y todo su
cuerpo exhaló un lamento lúgubre y un vago olor de lodo. Pero soportó el impacto con una
firmeza de carácter y una valentía admirables. José Arcadio se sintió entonces levantado en vilo
hacia un estado de inspiración seráfica, donde su corazón se desbarató en un manantial de
obscenidades tiernas que le entraban a la muchacha por los oídos y le salían por la boca
traducidas a su idioma. Era jueves. La noche del sábado José Arcadio se amarró un trapo rojo en
la cabeza y se fue con los gitanos.
Cuando Úrsula descubrió su ausencia, lo buscó por toda la aldea. En el desmantelado
campamento de los gitanos no había más que un reguero de desperdicios entre las cenizas
todavía humeantes de los fogones apagados. Alguien que andaba por ahí buscando abalorios
entre la basura le dijo a Úrsula que la noche anterior había visto a su hijo en el tumulto de la fa-
rándula, empujando una carretilla con la jaula del hombre-víbora. «¡Se metió de gitano!», le gritó
ella a su marido, quien no había dado la menor señal de alarma ante la desaparición.
-Ojalá fuera cierto -dijo José Arcadio Buendía, machacando en el mortero la materia mil veces
machacada y recalentada y vuelta a machacar-. Así aprenderá a ser hombre.
Úrsula preguntó por dónde se habían ido los gitanos. Siguió preguntando en el camino que le
indicaron, y creyendo que todavía tenía tiempo de alcanzarlos, siguió alejándose de la aldea,
hasta que tuvo conciencia de estar tan lejos que ya no pensó en regresar. José Arcadio Buendía
no descubrió la falta de su mujer sino a las ocho de la noche, cuando dejó la materia
recalentándose en una cama de estiércol, y fue a ver qué le pasaba a la pequeña Amaranta que
estaba ronca de llorar. En pocas horas reunió un grupo de hombres bien equipados, puso a
Amara nta en manos de una mujer que se ofreció para amamantaría, y se perdió por senderos
invisibles en pos de Úrsula. Aureliano los acompañó. Unos pescadores indígenas, cuya lengua
desconocían, les indicaron por señas al amanecer que no habían visto pasar a nadie. Al cabo de
tres días de búsqueda inútil, regresaron a la aldea.
Durante varias semanas, José Arcadio Buendía se dejó vencer por la consternación. Se
ocupaba como una madre de la pequeña Amaranta. La bañaba y cambiaba de ropa, la llevaba a
ser amamantada cuatro veces al día y hasta le cantaba en la noche las canciones que Úrsula
nunca supo cantar. En cierta ocasión, Pilar Ternera se ofreció para hacer los oficios de la casa
mientras regresaba Úrsula. Aureliano, cuya misteriosa intuición se había sensibilizado en la
desdicha, experimentó un fulgor de clarividencia al verla entrar. Entonces supo que de algún
modo inexplicable ella tenía la culpa de la fuga de su hermano y la consiguiente desaparición de
su madre, y la acosó de tal modo, con una callada e implacable hostilidad, que la mujer no volvió
a la casa.
El tiempo puso las cosas en su puesto. José Arcadio Buendía y su hijo no supieron en qué
momento estaban otra vez en el laboratorio, sacudiendo el polvo, prendiendo fuego al atanor,
entregados una vez más a la paciente manipulación de la materia dormida desde hacía varios
meses en su cama de estiércol. Hasta Amaranta, acostada en una canastilla de mimbre,
observaba con curiosidad la absorbente labor de su padre y su hermano en el cuartito enrarecido
por los vapores del mercurio. En cierta ocasión, meses después de la partida de Úrsula, em-
pezaron a suceder cosas extrañas. Un frasco vacío que durante mucho tiempo estuvo olvidado en
un armario se hizo tan pesado que fue imposible moverlo. Una cazuela de agua colocada en la
mesa de trabajo hirvió sin fuego durante media hora hasta evaporarse por completo. José Arcadio
Buendía y su hijo observaban aquellos fenómenos con asustado alborozo, sin lograr explicárselos,
pero interpretándolos como anuncios de la materia. Un día la canastilla de Amaranta empezó a
moverse con un impulso propio y dio una vuelta completa en el cuarto, ante la consternación de
Aureliano, que se apresuró a detenerla. Pero su padre no se alteró. Puso la canastilla en su
puesto y la amarró a la pata de una mesa, convencido de que el acontecimiento esperado era
inminente. Fue en esa ocasión cuando Aureliano le oyó decir:
-Si no temes a Dios, témele a los metales.
De pronto, casi cinco meses después de su desaparición, volvió Úrsula. Llegó exaltada,
rejuvenecida, con ropas nuevas de un estilo desconocido en la aldea. José Arcadio Buendía
apenas si pudo resistir el impacto. «Era esto -gritaba-. Yo sabia que iba a ocurrir.» Y lo creía de
veras, porque en sus prolongados encierros, mientras manipulaba la materia, rogaba en el fondo
de su corazón que el prodigio esperado no fuera el hallazgo de la piedra filosofal, ni la liberación
del soplo que hace vivir los metales, ni la facultad de convertir en oro las bisagras y cerraduras
de la casa, sino lo que ahora había ocurrido: el regreso de Úrsula. Pero ella no compartía su
alborozo. Le dio un beso convencional, como si no hubiera estado ausente más de una hora, y le
dijo:
-Asómate a la puerta.
José Arcadio Buendía tardó mucho tiempo para restablecerse la perplejidad cuando salió a la
calle y vio la muchedumbre. No eran gitanos. Eran hombres y mujeres como ellos, de cabellos
lacios y piel parda, que hablaban su misma lengua y se lamentaban de los mismos dolores. Traían
mulas cargadas de cosas de comer, carretas de bueyes con muebles y utensilios domésticos,
puros y simples accesorios terrestres puestos en venta sin aspavientos por los mercachifles de la
realidad cotidiana. Venían del otro lado de la ciénaga, a sólo dos días de viaje, donde había
pueblos que recibían el correo todos los meses y conocían las máquinas del bienestar. Úrsula no
había alcanzado a los gitanos, pero encontró la ruta que su marido no pudo descubrir en su
frustrada búsqueda de los grandes inventos.

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