C. S. LEWIS Clive Staples Lewis es considerado como una de las figuras más interesantes del pensamiento inglés de nuestro siglo. Nació en 1898 y falleció en 1963. Estudió literatura y destacó como crítico y novelista y también por sus escritos morales. Entre 1925 y 1954 se desempeñó como «fellow y tutor» en Magdalen College, Oxford, y en 1954 fue nombrado profesor en la Universidad de Cambridge, en la cual, hasta su muerte, enseñó literatura inglesa medieval y del Renacimiento. Su cultura literaria, filosófica y teológica fue impresionante, al igual que lo fueron su imaginación y talento de escritor. A estas condiciones une una profunda religiosidad cristiana actual y, como sostienen algunos comentaristas, «de vuelta» de todas las tentaciones contemporáneas. Entre sus textos de crítica están The Allegory of Love y Literatura Inglesa del Siglo XVI . Sus obras más conocidas son sus escritos religiosos y morales, como su estudio sobre el problema del dolor ( The Problem of Pain ); Cartas del Diablo a su Sobrino ( The Screwtape Letters ) y otras. Algunos de sus libros abordan temas de ciencia ficción: Out of the Silent Planet es la primera de tres novelas que además destacan por su fuerte sentido cristiano. Con El León, la Bruja y el Ropero Lewis inició una serie de siete libros para niños que reunió bajo el título Las Crónicas de Narnia . Es una obra en la que resaltan el brillo y talento del autor, junto a una imaginación desbordante y a un lenguaje de riqueza extraordinaria. A LUCÍA BARFIELD Querida Lucía, Escribí esta historia para ti, sin darme cuenta que las niñas crecen más rápido que los libros. El resultado es que ya estás demasiado grande para cuentos de hadas, y cuando éste se imprima serás mayor aún. Sin embargo, algún día llegarás a la edad en que nuevamente gozarás de los cuentos de hadas. Entonces podrás sacarlo de la repisa más alta, desempolvarlo y darme tu opinión sobre él. Probablemente, yo estaré demasiado sordo para escucharte y demasiado viejo para comprender lo que dices. Pero aún seré tu Padrino que te quiere mucho. CONTINÚA...
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Había una vez cuatro niños cuyos nombres eran Pedro, Susana, Edmundo y Lucía. Esta historia relata lo que les sucedió cuando, durante la guerra y a causa de los bombardeos, fueron enviados lejos de Londres a la casa de un viejo profesor. Éste vivía en medio del campo, a diez millas de la estación más cercana y a dos millas del correo más próximo. El profesor no era casado, así es que un ama de llaves, la señora Macready, y tres sirvientas atendían su casa. (Las sirvientas se llamaban Ivy, Margarita y Betty, pero ellas no intervienen mucho en esta historia.) El anciano profesor tenía un aspecto curioso, pues su cabello blanco no sólo le cubría la cabeza sino también casi toda la cara. Los niños simpatizaron con él al instante, a pesar que Lucía, la menor, sintió miedo al verlo por primera vez, y Edmundo, algo mayor que ella, escondió su risa tras un pañuelo y simuló sonarse sin interrupción. Después de ese primer día y en cuanto dieron las buenas noches al profesor, los niños subieron a sus habitaciones en el segundo piso y se reunieron en el dormitorio de las niñas para comentar todo lo ocurrido. —Hemos tenido una suerte fantástica —dijo Pedro—. Lo pasaremos muy bien aquí. El viejo profesor es una buena persona y nos permitirá hacer todo lo que queramos. —Es un anciano encantador —dijo Susana. —¡Cállate! —exclamó Edmundo. Estaba cansado, aunque pretendía no estarlo, y esto lo ponía siempre de un humor insoportable—. ¡No sigas hablando de esa manera! —¿De qué manera? —preguntó Susana—. Además ya es hora que estés en la cama. —Tratas de hablar como mamá —dijo Edmundo—. ¿Quién eres para venir a decirme cuándo tengo que ir a la cama? ¡Eres tú quien debe irse a acostar! —Mejor será que todos vayamos a dormir —interrumpió Lucía—. Si nos encuentran conversando aquí, habrá un tremendo lío. —No lo habrá —repuso Pedro, con tono seguro—. Este es el tipo de casa en que a nadie le preocupará lo que nosotros hagamos. En todo caso, ninguna persona nos va a oír. Estamos como a diez minutos del comedor y hay numerosos pasillos, escaleras y rincones entremedio. —¿Qué es ese ruido? —dijo Lucía de repente. Esta era la casa más grande que ella había conocido en su vida. Pensó en todos esos pasillos, escaleras y rincones, y sintió que algo parecido a un escalofrío la recorría de pies a cabeza. —No es más que un pájaro, tonta —dijo Edmundo. —Es una lechuza —agregó Pedro—. Este debe ser un lugar maravilloso para los pájaros... Bien, creo que ahora es mejor que todos vayamos a la cama, pero mañana exploraremos. En un sitio como éste se puede encontrar cualquier cosa. ¿Vieron las montañas cuando veníamos? ¿Y los bosques? Puede ser que haya águilas, venados... Seguramente habrá halcones... —Y tejones —dijo Lucía. —Y serpientes —dijo Edmundo. —Y zorros —agregó Susana. Pero a la mañana siguiente caía una cortina de lluvia tan espesa que, al mirar por la ventana, no se veían las montañas ni los bosques; ni siquiera la acequia del jardín. —¡Tenía que llover! —exclamó Edmundo. Los niños habían tomado desayuno con el profesor, y en ese momento se encontraban en una sala del segundo piso que el anciano había destinado para ellos. Era una larga habitación de techo bajo, con dos ventanas hacia un lado y dos hacia el otro. —Deja de quejarte, Ed —dijo Susana—. Te apuesto diez a uno a que aclara en menos de una hora. Por lo demás, estamos bastante cómodos y tenemos un montón de libros. —Por mi parte, yo me voy a explorar la casa —dijo Pedro.
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